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miércoles, 9 de septiembre de 2009

LOS VAREADORES

Hoy quiero contaros, algo que hacíamos en casa, teniamos los colchones de lana y había que varearlos cada dos años, más o menos.
Había vareadores que iban por lo pueblos, pero yo recuerdo a mi madre, haciéndolo ella misma.
Por la mañana te sacaban de la cama con más brío que de costumbre, había que varear el colchón de lana.

Se vestían con las ropas más viejas y una toca en la cabeza, la lana sacaba gran cantidad de polvo.
En el corral o en la calle, justo en el hueco de la puerta del corral, una vez lavada y secado la lana llegaba el momento de varear, y aquello tenía dos componentes inseparables, que por una parte proporcionaban placer y por otra cansancio y dolor de manos. Sobre una colcha vieja o una sábana te colocaban el montón de lana apelmazada por el lavado y te daban una vara, para que golpeases todos aquellos bolos de lanas, que saltaban asustadas al sonido de los golpes, del viento cortado por un latigazo.

La técnica parecía sencilla, pero tenía su rito particular, de cara a obtener la máxima eficacia con el menor desgaste, y que además los trozos de lana no saliesen volando por el aire sin rumbo aparente. Pues eso, que al principio la situación se antojaba apetecible. Envidiabas el estilo de los mayores y los botes que generaban en el montón de lana y sentías ansias por hacerte cargo de la vara y de la responsabilidad de conseguir la esponjosidad plena de aquel mullido de animal. ¿Puedo? ¿Puedo?, le preguntaba a ni madre, y entonces con cierta condescendencia te ofrecían el mando de la operación. Te sentías importante y al instante estabas dando varazos incontrolados contra aquello que no se quejaba. El sonido de la vara rasgando el aire era casi musical y apenas sin darte cuenta te encontrabas descargando furias y adrenalina contra enemigos imaginarios y reales. Lo cierto es que el ejercicio liberaba no pocas tensiones y salían asomos de agresividad infantil contra Don Domingo, el maestro que llevaba en su vara restos de las palmas de las manos, o contra los mayores, que siempre aparecían a quedarse con el balón cuando estabas en lo mejor de un partido en el vago de Gayán.

A fuerza de varear y varear, las bolas de de lana se iban haciendo cada vez más huecas y volátiles, varazo tras varazo conseguíamos espabilarla, desentumecerla y esponjarla. Algunos trozos se alzaban haciendo dibujos y descendían a cámara lenta para cruzarse con los que ya venían de camino al cielo. Y a fuerza de varear y varear, la mano empezaba a darte también la vara, enrojecida y con alguna que otra ampolla.

Al cabo de una hora, estabas harto de la vara, y querías que aquello acabase pronto, pero siempre había alguien que decía: tú dale, que cuanto más le des, mejor vas a dormir después. Ese era el momento en que echabas más de menos el partido en el vago, con mayores incluidos.
Pero, aunque podía seguirse con aquello hasta el infinito y más allá, llegaba un momento en el que mi madre decía vale y se recogían las varas y las ampollas hasta mejor ocasión. Ya sólo quedaba meter de nuevo la lana en su funda y coser el colchón con unas agujas largas y curvadas que nunca me dejaron utilizar. La Felisa “La muerma”, ayudaba a mi madre a coser el colchón. Aquella noche dormías en una nube, con las manos doloridas, satisfecho, acurrucado en el nido que se formaba bajo tus sueños.

Con el tiempo, apareció la voz de el “Colchonero laneroooooo” “compro colchones de lanaaaa”, “cambio colchón de lana por uno de espuma” ,iba y por las calles con su furgoneta y se llevó aquel colchón, con todos sus espíritus y el final de tantos y tantos cuentos.

Después de él, en efecto, llegaron otros de espuma , los pikolines, los flexes, los de muelles, . y ahora, en que los estudios sobre la importancia del bien dormir nos han aconsejado de casi todo; la rigidez, la blandura, el término medio, las láminas, la madera, el soporte lumbar... uno no sabe con qué colchón quedarse para regresar a aquella sensación de la lana recién vareada.

Los que duermen igual sobre lo que sea, donde y cuando sea, sepan que están eximidos de comprender nada de lo que aquí se relata. Pero tú, que andas persiguiendo con tu espalda, el descanso perfecto, sin que sea eterno, comprenderás que te diga cuando estoy a punto de presentar el libro “Sin caer en el olvido” que los recuerdos me llevan a aquellas mañanas en las que te veías con una vara entre las manos intentando convertir jirones de lana en copos de algodón.

Todo queda lejano, pero a buen seguro que en más de una ocasión, en esas en que no paras de dar vueltas por la noche, te da por pensar en el viejo colchón en el que parecía no dolerte nunca nada. Donde tus huesos y tus pensamientos sólo se echaban a dormir.







2 comentarios:

  1. Hola Jesús,

    Muy divertida la historia del vareo de la lana. Yo también tengo una leve noción de cómo se hacía y de ver a mi madre y al vareador hacer lo que tu has descrito tan bien en este relato. También me impresionaba el tamaño de la aguja de metal cosiendo el colchón con esos lazos blancos tan bien planchados. ¡Qué tiempos aquellos!

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  2. yo también recuerdo eso y me acuerdo del "siño Vitor".

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